Hay muchas formas de aproximarse al amor, y la interpretación que se le dé depende de la forma de entender la naturaleza humana. Los griegos tenían una forma, creando leyendas para expresar las más complicadas ideas del hombre. Una de ellas denominada “El banquete de Platón” (s.V a. de C.) la que señala que cuando iba a realizarse la fiesta que celebraba el natalicio de Venus, asistieron todos los dioses. Era una fiesta homérica y entre los dioses que asistieron, se encontraba el dios de la abundancia (Poros), el que todo lo puede, y asistió también la diosa de la miseria (Penia), de la carencia, la pobreza, fue la fiesta donde comieron y bebieron, pero Penia, la diosa de la pobreza, se las arregló para yacer con Poros y de esa unión nació el amor, que es toda menesterosidad como Penia y toda posibilidad y abundancia como Poros. El amor hace al hombre hacerlo todo, atreviéndose a todo por amor, y al mismo tiempo la esencia lo hace sentir menesteroso. El amor es el hijo de la abundancia y de la pobreza.
Otra historia también contada por Aristófanes en “El banquete de Platón”, señala que existían en los orígenes, además de los dioses, seres andrógenos que eran hombre-mujer, tenían cuatro manos, mismo numero de pies que de manos y dos rostros perfectamente iguales sobre un cuello circular. Y sobre estos dos rostros, situados en direcciones opuestas, una sola cabeza, y dos órganos sexuales, que les permitían vivir felices. Entonces, ante la envidia, Zeus y los demás dioses deliberaron sobre qué debían hacer con ellos, separándolos, y el ombligo se supone que es la cicatriz que perduró en el tiempo, luego de darles vuelta



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